Amalia
Amalia —SÃ.
—¿Y la persiguen?
—SÃ.
—¿Por orden de tatita?
—No.
—¿De la policÃa?
—No.
—¿Y de quién?
—Del que la persigue.
—¿Pero quién puede perseguirla?
—Uno que se ha enamorado de ella, y a quien ella desprecia.
—Y…
—Perdón… y hacen valer la Federación y el respetable nombre del Restaurador de las Leyes como instrumento de una venganza innoble e interesada.
—¡Ah! ¿Quién es? ¿Quién es el que la persigue?
—Perdón, señorita, no puedo decirlo todavÃa.
—Pero yo quiero saberlo para decirlo a tatita.
—Alguna vez lo sabrá usted. Pero tenga usted entendido que es persona de grande influencia.
—Tanto más criminal entonces, señor Bello.
—Lo sé.
—Una cosa.
—Hable usted, señorita.
—Quiero que traiga usted a Amalia.