Amalia
Amalia —¿Aquí?
—Sí.
—No vendrá.
—¿No vendrá a mi casa?
—Es algo excéntrica, y se hallaría muy mal entre tan numerosa concurrencia, como la que rodea a usted, señorita.
—La recibiré sola… pero no, yo no tengo libertad para estar sola.
—Además, ella teme un insulto desde que su casa ha sido registrada.
—¡Pero es inaudito!
—Además, también, ella ha dejado su linda quinta de Barracas por algunos días; y, a pesar del retiro en que vive, está inquieta, sobresaltada.
—¡Infeliz!
—Usted, sin embargo, podría hacerle un gran servicio.
—¿Yo? Hable usted, Bello.
—Una carta de usted que ella pudiera enseñarla a quien se presentara sin orden del señor gobernador.
—¿Y habrá quien ose hacerlo sin orden de tatita?
—Lo han hecho ya.
—Bien, escribiré mañana mismo.