Amalia
Amalia —Yo me atrevería a pedir a usted que, al escribir esa carta, recordase que todos deben guardarse bien de tomar el nombre del general Rosas y de la Federación para cometer injusticias e inferir insultos.
—Bien, bien, comprendo —dijo Manuela, radiante de alegría, con encontrar una ocasión en que poder hacer sufrir al amor propio de aquéllos que la incomodaban a todas horas.
—Nuestra conversación, que yo sostengo con tanto placer —continuó Manuela—, se prolonga demasiado para no despertar celos en toda esta gente a quien yo tengo que atender sin distinción de persona, según la voluntad de tatita.
—Sus deseos de usted son órdenes que yo respeto. Pero ¿usted me promete no olvidar la carta?
—Sí, mañana mismo la tendrá usted.
—Bien. Gracias.
Manuela no se había equivocado: el diálogo con Daniel empezaba a despertar celos en aquella especie de perros hambrientos de alguna sobra del banquete federal a que asistían todas las noches, y cuya reina bacanal debía ser Manuela, la pobre víctima de la loca ambición del que le dio la vida.