Amalia
Amalia —Así tuve mi primer hijo, y la mitad es en verso y la mitad en prosa.
—¿Quién, el niño?
—No, la obra, pues: las memorias.
—¡Ah!
—Sólo este zonzo de Rivera no les quiere dar mérito.
—Será un hombre frío.
—¡Como la nieve!
—Material.
—¡Como una piedra!
—Sin espíritu.
—¡Por supuesto!
—Prosaico.
—¡Ni leer sabe los versos siquiera!
—Un hombre sin corazón.
—¡Diga usted que es un tonto, y lo ha dicho todo!
—Pues bien, diré con el debido permiso de usted, que su marido es un tonto.
—Eso es. Pero mire usted, asimismo lo quiero. Todas las mañanas él mismo va al mercado, y se viene con cuanto sabe que a mí me gusta. Me recuerda dándome palmadas, y me echa en la cama todo cuanto trae. Después, si el pobre se enoja alguna vez, se viene a las buenas.
—Es una excelente condición.