Amalia
Amalia —Pues, como le decía: cuando lo siento en su cuarto, ¿sabe lo que hago?
—Vamos a ver.
—Entreabro la puerta de su cuarto para que me vea por la rendija, y yo abro la cómoda y empiezo a sacar las cartas y a leer en el primer renglón de cada una:
Mi querida Mercedes.
Ídolo de mi vida.
Mi adorada Merceditas.
Merceditas de todo mi corazón.
Incomparable Mercedes.
Merceditas, luz de mis ojos.
Mi Mercedes, estrella de mi vida.
Rubiecita de toda mi alma.
Y, en fin, un millón de cartas, de cuando era soltera, que sería nunca acabar si las dijera.
—¿Y hasta qué época ha llegado usted en sus memorias?
—Ayer he empezado a describir el día en que salí de cuidado por primera vez.
—¡Importante capítulo!
—Es una de las curiosidades de mi vida.
—Pero, señora, eso es muy común.
—¡Qué! Si fue una cosa asombrosa. Imagínese usted que salí de cuidado haciendo versos y sin conocer el trance en que estaba.
—¡Admirable constitución!