Amalia

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Y Daniel, después de dar esta orden a su fiel criado, se embozó en su capa y, con don Cándido arrastrado magnéticamente, enfiló la calle de la Victoria, dobló hacia Barracas, luego hacia el este, después de andar algunas cuadras, y fue a salir a la plaza de la Residencia[100], en los momentos en que el sol se ponía.

—Daniel —dijo don Cándido, con tono melancólico y voz trémula—, nos aproximamos a la calle de Cochabamba.

—Justamente.

—Pero ¿y si nos ven de la casa de esa mujer estrafalaria que habla con todas las tragedias en la boca?

—Mejor entonces.

—¿Qué es lo que dices?

—Que vamos a esa casa.

—¿Yo?

—Usted y yo.

—No, no dirá la historia que allí murió don Cándido Rodríguez.

Y nuestro amigo dio un golpe con su caña de la India en el suelo, y girando luego media vuelta a la derecha, se disponía a volver por el camino que había andado.

Daniel, sin desembozarse, lo tomó del brazo fuertemente, y le dijo:


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