Amalia
Amalia —Si usted vuelve, Gaete estará con usted esta noche; si usted escapa de Gaete, mañana lo mandarán a usted a Santos Lugares. Si usted me sigue y no hace otra cosa que amplificar cuanto yo haga y cuanto diga, usted está salvado entonces.
—¡Pero tú eres el diablo, Daniel! —dijo don Cándido, abriendo tamaños ojos y mirando a su discípulo.
—Puede ser. Vamos.
—¿Yo?
—Vamos —repitió Daniel, sacudiendo el brazo de don Cándido, y clavando con sus brillantes ojos rayos tan fijos y tan firmes sobre las débiles pupilas de aquel su esclavo de voluntad, que, como a un golpe galvánico, aquella masa, inerte en su albedrío, siguió al joven sin responder una palabra.
A pocos minutos de marcha, Daniel y su compañero llegaron a la puerta de doña Marcelina en la calle de Cochabamba, como sabe el lector.
La puerta tenía abierta una de sus hojas, y en el pequeño patio no se veía a nadie; la calle estaba solísima.
El joven tomó la hoja de la puerta y la cerró quedando él y don Cándido en la calle. Después de cerrada, tocó suavemente el picaporte.
Nadie salió.