Amalia

Amalia

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Volvió a llamar un poco más fuerte y entonces el ruido de un crujiente vestido de seda le hizo conocer que se acercaba la dueña de aquella solitaria mansión.

La puerta entreabrióse, y doña Marcelina, toda desprendida, y en desorden sus espesos y renegridos rizos, asomó su redonda y moreniza cara, en quien la expresión de la sorpresa puso su sello al ver los huéspedes que acababan de tocar sobre las puertas de su edén.

Pero la inspiración dramática no se cortaba jamás en aquella hija de la literatura clásica, y su estupor no le impidió la aplicación de un verso de la Argia:

—Solo, sin armas.

¿Qué pretendéis hacer? Volved al campo.

—¿Se ha despertado Gaete? —preguntó Daniel.

Sus miembros fatigados

gozan del sueño la quietud sabrosa

—respondió doña Marcelina.

—Adelante, pues —dijo Daniel, empujando suavemente a doña Marcelina, y arrastrando a don Cándido en los momentos en que pasaba por su mente la idea de tomar la carrera.

—¿Qué hacéis, temerario? —exclamó doña Marcelina.

—Cerrar la puerta.

Y, en efecto, corrió el cerrojo de ella.


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