Amalia

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La fisonomía de Daniel tenía en aquel momento la expresión de una resolución vigorosa.

Doña Marcelina estaba estupefacta.

Don Cándido creía llegada su última hora, y una especie de cristiana resignación empezaba a inundar su alma.

—¿Cuál de las sobrinas de usted están en casa?

—Gertruditas solamente; Andrea y las otras acaban de salir.

—¿Dónde está Gertrudis?

—Está peinándose en la cocina, porque el fraile está en el aposento, y yo estaba en la sala reclinada en mi lecho.

—Bien. Usted es una mujer de talento, doña Marcelina; y con una sola mirada de su brillante imaginación alcanzará todo el cuadro que se va a desenvolver a sus ojos, o más bien a sus oídos, porque usted oirá todo desde la sala.

—¿Pero habrá sangre?

—No, usted me dará su opinión después, como literata. Quiero en el zaguán hablar con Gertruditas, cuando me disponga a salir.

—Bien.

—Traigo algo para ella y para usted.

—¿Pero dónde va usted a entrar?

—A ver a Gaete.


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