Amalia

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—¿A Gaete?

—Silencio.

Y Daniel tomó de la mano a don Cándido y entró a la sala, mientras doña Marcelina se fue a hablar a su Gertruditas.

La sala estaba casi en tinieblas, pero a la débil claridad de la luz crepuscular que entraba por la rendija de un postigo, el joven se acercó a éste, lo abrió y pudo entonces elegir el objeto que deseaba; éste no era otro que la inmensa colcha de zaraza del enorme «lecho» de doña Marcelina, en que acababa de estar «reclinada».

Daniel tomó la colcha, dio una punta a don Cándido y le hizo señas de que la torciera a la derecha mientras él lo hacía a la izquierda.

Don Cándido creyó con toda buena fe que se trataba de ahorcar al reverendo cura y, a pesar de todo el peligro que corría viviendo su enemigo, la idea de un asesinato le cuajó la sangre. Daniel, que adivinaba y estaba en todo, se sonrió, y tomando la colcha ya torcida, miró a don Cándido y puso su dedo índice sobre los labios. En seguida acercóse a la puerta del aposento, y el ronquido áspero, sonoro y prolongado con que salía el aire pulmonar por la entreabierta boca del cura Gaete, lo convenció de que allí se podía entrar sin muchas precauciones de silencio, y entró, en efecto, con Don Cándido pegado a su levita.


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