Amalia
Amalia Entreabrió uno de los postigos que daban al patio, y a la débil claridad de la tarde distinguió al cura de la Piedad, tendido sobre un catre de lona, boca arriba, en mangas de camisa, cubierto con una frazada hasta medio cuerpo, y durmiendo y roncando a pierna suelta.
Tomó una silla, colocóla muy despacio a la cabecera, entre el catre y la pared, hizo señas a don Cándido de pasar a sentarse en ella, y luego que vio que su maestro había obedecido maquinalmente, como estaba haciendo todo, puso él otra silla en el lado opuesto. En seguida dio a don Cándido, por encima del dormido, una de las puntas de la colcha torcida, haciéndole seña de que la pasase por debajo del catre. Obedeció don Cándido, y en diez segundos Daniel dejó perfectísimamente bien atado al dignísimo sacerdote de la Federación; atado por la mitad del pecho contra el catre, pero de tal modo, que las puntas del nudo venían a quedar del lado en que el joven iba a sentarse.
Hecha esta operación, se acercó a la ventana y dejó apenas la suficiente luz para que los ojos que iban a abrirse distinguiesen los objetos; dio en seguida una de sus pistolas a don Cándido, que la tomó temblando; le dijo al oído que repitiera sus palabras cuando le hiciese señas, y se sentó.
Gaete roncaba estrepitosamente, cuando Daniel exclamó con una voz sonora y hueca:
—¡Señor cura de la Piedad!