Amalia
Amalia —¿Está usted seguro del paraje de la costa en que habremos de encontrar la ballenera? —preguntóle el joven.
—Muy seguro —contestó Merlo—. Yo me he comprometido a ponerlos a ustedes en ella, y sabré cumplir mi palabra como han cumplido ustedes la suya, dándome el dinero convenido; no para mí, porque yo soy tan buen patriota como cualquiera otro, sino para pagar los hombres que los han de conducir a la otra banda ¡y ya verán ustedes qué hombres son!
Clavados estaban los ojos penetrantes del joven en los de Merlo, cuando alcanzaron la comitiva los tres hombres que faltaban.
—Ahora es preciso no separarnos más —dijo uno de ellos—. Siga usted adelante, Merlo, y condúzcanos.
Merlo obedeció, en efecto, y siguiendo la calle de Venezuela, dobló por la callejuela de San Lorenzo, y bajó al río, cuyas olas se escurrían tranquilamente sobre el manto de esmeralda que cubre de ese lado las orillas de Buenos Aires.
La noche estaba apacible, alumbrada por el tenue rayo de las estrellas, y una fresca brisa del sur empezaba a dar anuncio de los próximos fríos del invierno.