Amalia
Amalia —¡Apóstata, renegado, impío, tu hora ha llegado; mi poderosa mano va a descargar el golpe! —exclamó don Cándido, que habiendo comprendido que ya no había peligro, quería portarse como un héroe.
—¿De dónde iba usted a sacar los compañeros con que pensaba cometer ese crimen? —preguntó Daniel.
Gaete no contestó.
—¡Responded! —gritó don Cándido, con una voz sonora.
—¡Responded! —gritó Daniel, al mismo tiempo.
—Iba a pedírselos a Salomón —contestó el cura sin abrir los ojos y con una voz cada vez más trémula.
Su respiración empezaba a hacerse difícil.
—¿Qué pretexto iba usted a darle?
El fraile no respondió.
—Hable usted.
—Hable usted —repitió don Cándido, poniendo de nuevo su pistola sobre la sien de Gaete.
—¡Por Dios! —exclamó, queriendo incorporarse, y volviendo a caer sobre la almohada.
—¿Tiene usted miedo?
—Sí.
—Pues usted va a morir —dijo don Cándido.
Un rugido, acompañado de un sacudimiento de cabeza, se escapó del oprimido pecho de aquel hombre; su sangre empezaba a afluir copiosamente a su cerebro.