Amalia
Amalia —Usted no morirá si se convence de que jamás se ha encontrado en esta casa con las personas a quienes quiere perseguir —dijo Daniel.
—Pero ¿y ustedes quiénes son? —preguntó el cura, abriendo los ojos y volviendo con dificultad de uno a otro lado la cabeza.
—Nadie.
—Nadie —repitieron maestro y discípulo.
—Nadie —exclamó Gaete, volviendo a cerrar los ojos y sufriendo un golpe de convulsión en todos sus miembros.
—¿No comprende usted lo que le ha pasado y lo que le pasa ahora mismo?
Gaete no respondió.
—Usted está sonámbulo, y su destino es morir en ese estado el día mismo en que intente hacer el menor daño a las personas que cree estar viendo.
—Sí —exclamó don Cándido—, estáis sonámbulo y moriréis sonámbulo, de muerte horrible, desgarradora, cruenta, el día que penséis siquiera en las respetables personas a quienes teníais sentenciadas. La justicia de Dios está pendiente sobre vuestra cabeza.