Amalia
Amalia Eduardo estrechó contra su corazón a aquella generosa criatura; y en ese instante, cuando ella acababa su última palabra inspirada por rapto de entusiasmo en que se hallaba, un trueno lejano, prolongado, ronco, vibró en el espacio como el eco de un cañonazo en un país montañoso.
La superstición es la compañera inseparable de los espíritus poéticos, y aquellos dos jóvenes, en ese momento embriagados de felicidad, se asieron de las manos y miráronse por algunos segundos con una expresión indefinible. Amalia al fin bajó su cabeza, como abrumada por alguna idea profética y terrible.
—No —le dijo Eduardo, sacudiéndose de su primera impresión—. No… esto habría sucedido de todos modos… es efecto del calor extemporáneo que hemos tenido en este día de invierno; nada más, Amalia.
Una sonrisa dulce y melancólica vagó por los labios de rosa de la joven, y un suspiro se escapó silencioso de su pecho.
Eduardo continuó: