Amalia
Amalia —La tempestad está muy lejos, Amalia. Y entretanto, un cielo tan puro como tu alma sirve de velo sobre la frente de los dos. El universo es nuestro templo; y es Dios el sacerdote santo que bendice el sentido amor de nuestras almas, desde esas nubes y desde esos astros; Dios mismo que los sostiene con el imán de su mirada, y entre ellos el nuestro… sí… aquélla… aquélla debe ser la estrella de nuestra felicidad en la tierra… ¿No la ves? Clara como tu alma; brillante como tus ojos, linda y graciosa como tú misma… ¿La ves, mi Amalia?
—No… aquélla —contestó la joven, extendiendo su brazo y señalando una pequeña y amortiguada estrella que parecía próxima a sumergirse en las ondas del poderoso Plata, tranquilo como toda la Naturaleza en ese instante.
En seguida, Amalia reclinó de nuevo su cabeza sobre el hombro de su amado como una blanca azucena que se dobla al soplo de la brisa y se reclina suavemente sobre el tallo de otra. Sus ojos luego quedaron fijos sobre el diáfano cendal del firmamento.