Amalia
Amalia Y una nueva sonrisa dulce y tierna pasó otra vez jugando por la preciosa boca de la tucumana, descubriendo sus bellos y blanquísimos dientes. En seguida levantóse, y dijo a Eduardo:
—Vamos.
—No, todavía.
—Sí, vamos, es tarde, y Daniel puede haber llegado quizá.
Y Amalia, con esa superioridad regia que acompañaba todas sus maneras, atrajo a Eduardo suavemente hasta ella. La mano del joven rodeó la cintura de la bien amada de su alma, mientras el brazo de ésta reposaba sobre el hombro; y asidos de ese modo, los dos amantes empezaron a ascender la barranca, paso a paso, hablando con los labios y con los ojos hasta que llegaron a la aislada y desierta «Casa sola».