Amalia
Amalia —Pero ¡señor, eso es una impolítica! Se ha sentado usted a la mesa antes que esta señora.
—¡Ah! Yo soy federal, señor Belgrano; y pues que nuestra santa causa se sentó sin cumplimiento en el banquete de nuestra revolución, bien puedo yo sentarme sin ceremonia en una mesa que es otra perfecta revolución; platos de un color, fuentes de otro, vasos, sin copas de champaña; la lámpara casi a oscuras, y una punta del mantel cayendo al suelo, como el pañuelo de mi íntima amiga la señora doña Mercedes Rosas de Rivera.
Amalia y Eduardo, que sabían ya la aventura de Daniel, dieron libre curso a su risa y vinieron a sentarse a la mesa donde Pedro acababa de poner la comida, a las diez de la noche, en aquella casa en que todo era romancesco y extraño.
—Y bien; antenoche te comprometiste con esa señora a hacerle ayer una visita y oír sus memorias. Según nos lo dijiste anoche, ayer faltaste a tu palabra de caballero, pero supongo que hoy habrás reconquistado tu buen nombre.
—No, mi querida prima —dijo Daniel, trinchando un ave.
—Has hecho mal.
—Puede ser; pero no iré a casa de mi entusiasta amiga, hasta no tener el honor de presentarme en ella con Eduardo.