Amalia

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Vivo, alegre, desenvuelto como siempre, Daniel entró a la sala de su prima, cubierto con un pequeño poncho que le llegaba al muslo solamente, atada al cuello una cinta negra, sobre la que caían los cuellos de su camisa, descubriendo su varonil garganta.

—Los amantes no comen; y esta bobería es una felicidad para mí —dijo, haciendo desde la puerta una cortesía a su prima, otra a su amigo, y otra a la mesa en que, como sabe el lector, estaban prontos tres cubiertos.

—Te esperábamos —dijo la joven, sonriendo.

—¿A mí?

—Con usted se habla, señor don Daniel —dijo Eduardo.

—¡Ah! ¡Muchas gracias! Son ustedes las criaturas más amables del mundo. ¡Y cómo se habrán cansado de esperarme! ¡Qué fastidiados habrán pasado el tiempo!

—Así, así —le respondió Eduardo, meneando la cabeza.

—¡Ya! Ustedes no pueden estar solos un momento sin fastidiarse… ¡Pedro!

—¿Qué quieres, loco? —dijo Amalia.

—La comida, Pedro —dijo Daniel, quitándose su poncho, sus guantes de castor, sentándose a la mesa y echando un poco de vino de Burdeos en un vaso.


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