Amalia

Amalia

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—¡Quién sabe si él tiene motivos para hablar así!

—Eso es, prima mía, eso es: nunca se hacen propuestas sino cuando hay presunción de que serán aceptadas.

—¿Qué dice usted, Eduardo?

—Digo, Daniel, que me hagas el favor por todos los santos del cielo de mudar de conversación.

Amalia tenía una cara tan seria, y Eduardo había encapotado su mirada cuando habló a Daniel, que éste no pudo menos que soltar una estrepitosa carcajada que desarmó a los jóvenes haciéndoles conocer que se burlaba de ellos.

—¡Son impagables! —exclamó Daniel, riéndose todavía—; Florencia es menor que tú, Amalia; yo soy menor que Eduardo y, sin embargo, Florencia y yo tenemos más juicio que ustedes, sin comparación; apenas nos enojamos tres veces por semana; pero eso es calculado por mí para tener tres reconciliaciones.

—Pero, ¿la haces sufrir, entonces?

—Para hacerla gozar, Amalia; porque no hay felicidad comparable a la que sucede al enojo entre dos personas que se aman de corazón; y si yo consigo que ustedes se enojen tres veces por semana…


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