Amalia

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—No, no, gracias, Daniel, gracias —dijo Eduardo con tal viveza, que hizo sonreír de placer a aquella mujer querida, a quien quería ahorrarle la juguetona oferta de su amigo.

—Como quieras, yo no hago sino ofrecer.

—Y bien, Daniel, hablemos de cosas serias.

—Lo que será un prodigio en esta casa.

—¿Has sabido algo de Barracas?

—Sí; todavía no han asaltado la casa, lo que es una cosa prodigiosa en tiempo de la santa causa de los federales.

—¿Ha cesado el espionaje?

—Hace tres noches que no va nadie, lo que también es raro entre los federales; yo he estado esta mañana. Todo está en el mismo orden en que lo hemos dejado hace quince días. He hecho poner una nueva llave a la verja; y tus fieles negros que cuidan la quinta, duermen mucho de día para vigilar de noche; y si alguien va, se hacen los dormidos, pero ven y oyen, que es lo que yo quiero.

—¡Oh, mis viejos criados, yo los compensaré alguna vez!

—Ayer los mandó llamar doña María Josefa; estuvieron con ella esta mañana temprano, pero los pobres no han podido decirle sino lo que saben; es decir, que no estás en la casa, y que ignoran dónde te hallas.

—¡Oh, qué mujer, qué mujer, Eduardo!


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