Amalia

Amalia

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—Oye: un Ramos cordobés, hombre pacífico, abstraído e insignificante en política, llegó a nuestro Buenos Aires el 21 del corriente, trayendo una tropa de carretas desde la campaña del sur. Su mujer dio a luz, en la madrugada del 23, un niño muerto, quedando en un estado muy delicado. Ramos salió a la calle a hacer las diligencias para el entierro. Un comisario de policía le detuvo en aquélla, fue con él a casa de Ramos, donde, sin consideración al estado de la familia, empezó el más minucioso e indecente rebusqueo, descerrajando muebles y sin perdonar los colchones de la enferma. Aunque nada halló, tuvo que cumplir sus órdenes. Intimó a Ramos que lo siguiese; salió con él y su partida; lo sacó de la ciudad y lo condujo a San José de Flores. Entonces le hizo saber que iba a morir, y que «Su Excelencia el Restaurador de las Leyes le concedía dos horas, para ponerse bien con Dios». Las dos horas pasaron y Ramos fue muerto a pistoletazos por la partida.

—¡Qué horror! —exclamó la joven, cubriéndose los ojos con sus manos—. Pero ¿y la mujer? ¿Qué es de esa desgraciada, Daniel?

—¿La mujer? Ha enloquecido, prima mía.

—¡Loca!

—Sí, loca, y morirá pronto.

Eduardo hizo señas a su amigo de que mudase de conversación. Amalia se había puesto excesivamente pálida.


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