Amalia
Amalia —Cuando hayamos pasado esta época terrible —continuó Daniel—, y vivamos juntos tú y Eduardo, mi Florencia y yo, entonces te diré, mi noble prima, cosas horribles que han pasado cerca de ti y que las ignoras. Es verdad que entonces seremos tan felices, que quizá no queramos hablar de desgracia ninguna. Vamos a beber por ese momento.
—Sí, sí.
—Sí, bebamos por nuestra dicha futura —contestaron Eduardo y Amalia, acompañando a Daniel con una copa de vino.
—Apenas lo has probado, Amalia, pero yo y Eduardo hemos hecho tus veces, y hacemos bien; el vino vigoriza, y dentro de un momento vamos a correr tres leguas por la costa de nuestro río.
—¡Dios mío! Esto me inquieta —exclamó Amalia—, a estas horas…
—Hasta ahora hemos salido bien, y bien saldremos en adelante —dijo Eduardo.
—¿Y si esa confianza fuera demasiada?
—No, amiga mía, no. Los hombres de Rosas nunca andan solos, pero sus comitivas nunca pasan de seis u ocho hombres.
—¡Pero ustedes no son más que tres!