Amalia
Amalia —Todo nuestro trabajo está perdido —exclamó Eduardo, paseándose precipitadamente por la sala.
—No hay duda, he sido seguido por él al salir de lo de Arana —dijo Daniel, reflexionando.
En seguida, el joven se asomó a la puerta que daba al río, y llamó a Pedro, que acababa de salir de la sala con el servicio de la mesa.
El veterano se presentó en el acto.
—Pedro, durante comíamos ¿dónde estaba Fermín?
—No se ha movido de la cocina después que guardamos los caballos en el cuarto caído.
—¿Y ni usted, ni él han sentido cosa alguna en el camino, o cerca de la casa?
—Nada, señor.
—Sin embargo, un hombre ha estado largo rato, al parecer, contra las ventanas del aposento de Luisa.
El soldado llevó las manos a sus canos bigotes y, fingiendo retorcerlos, se dio un fuerte tirón de ellos.
—Usted no lo ha sentido, Pedro. Eso ha podido suceder, pero es necesario mayor vigilancia en adelante; llame usted a Fermín y, entretanto, ponga usted el freno al caballo que él monta.
Pedro salió sin responder una palabra, y al instante entró el criado de Daniel.