Amalia
Amalia —Fermín, necesito saber si hay hombres a caballo entre los olivos; y si no están ahí, quiero saber qué dirección acaban de tomar, y cuántos eran; si de allí han salido, no hará cinco minutos cuando tú llegues.
Fermín se retiró, y en el acto Daniel, Amalia y Eduardo pasaron al aposento de Luisa, y abrieron la ventana, de donde se descubría el camino y los cuarenta o cincuenta árboles que aparecían a tres cuadras de la casa, como otros tantos fantasmas que visitaban aquel solitario paraje.
Pocos minutos hacía que estaban observando el camino en la dirección a los árboles cuando Amalia dijo:
—¿Pero por qué tarda en salir Fermín?
—Oh, está ya a muchas cuadras de nosotros, Amalia.
—Pero si no ha pasado, y sólo por aquí se va al camino.
—No, mi hija, no; Fermín es buen gaucho, y sabe que al animal que dispara no se le persigue de atrás; estoy seguro de que ha bajado la barranca, y que a tres o cuatro cuadras ha subido y dado vuelta hacia los olivos por el camino de arriba… Allí está ¿lo ves?