Amalia
Amalia La despedida fue casi silenciosa: cada uno allí estaba animado de distintos deseos, de distintas emociones: Amalia sufría por verlos partir; Eduardo, porque veía que cada momento ganaba terreno Mariño, y Daniel porque no podía volverse dos hombres y velar por Amalia en el camino de San Isidro y por Eduardo en la ciudad.
Al pie de la barranca saltaron sobre sus caballos, y Fermín recibió orden de permanecer cerca de Amalia hasta las seis de la mañana.
En seguida partieron a gran galope por el camino del Bajo, mientras Amalia los seguía con sus ojos, elevados al cielo cuando los hubo perdido de vista, buscando propiciar a la Divinidad con los sentidos ruegos de su purísima conciencia, bajo aquel magnífico y sagrado templo de la Naturaleza, que pocas horas antes había escuchado la expresión de amor de dos almas formadas por Dios, la una para la otra, y en el peligro a cada instante de ser separadas para siempre por la mano del hombre.