Amalia
Amalia Los desconocidos, al ver a aquellos hombres que se venían sobre ellos a la carrera tendida, tiraron de las riendas a sus caballos, y esperaron lo que ocurriera.
Los jóvenes pararon sus caballos a cuatro pasos de ellos; y Eduardo se mordió los labios al ver que eran un pobre viejo y un muchacho, los que le habían hecho perder cuatro o seis minutos de marcha recta; y, sobre todo, al comprender que había sido un artificio de Daniel.
Salir de su error, dar vuelta su caballo, y volver a tomar de nuevo la carrera, todo fue obra de un segundo.
Daniel, por ese cálculo frío con que sabía clasificar la importancia de los sucesos, equivocándose rara vez en su vida, tenía la seguridad de que no alcanzarían a Mariño llevándoles veinte minutos de delantera, en el corto camino de tres leguas; confiado en que el redactor de La Gaceta no era hombre de ir contemplando a la Naturaleza, sino de correr aprisa para dejar cuanto antes aquellos solitarios caminos; y ya casi sin temor ninguno, dejaba correr a Eduardo, persuadido de que no había otro inconveniente que el de dar una rodada, como lo había dicho.