Amalia

Amalia

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—Aunque sean cinco; pero son tres solamente: él y sus dos ordenanzas.

—Son cuatro: Mariño, dos ordenanzas, y yo.

—¿Tú?

—Yo.

—¿Tú contra mí?

—Contra ti.

—En horabuena.

Tal era el diálogo de los jóvenes mientras hacían volar sus poderosos corceles; y ya habían andado legua y media de las tres que tenían que recorrer, cuando Daniel, que empezaba a temer que a tal carrera saliera Eduardo con su loca idea, lo que era preciso evitar a todo trance, se aprovechó de la aparición de dos hombres a caballo que divisó hacia la derecha del camino, y que marchaban en la misma dirección que ellos.

—Ve ahí; allá van tres hombres, Eduardo… a nuestra derecha… como a dos cuadras… ¿los ves?

—Pero no son tres, son dos solamente.

—No; he visto tres… Es que están en línea con nosotros.

Eduardo no oyó más, y dio vuelta su caballo en dirección a los jinetes, que distaban como quinientos pasos. «Sesgaba», pues, el camino, perdía tiempo, y era cuanto quería Daniel, que siguió siempre al lado de su amigo.


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