Amalia
Amalia Los federalistas, por principio, sabían bien que no había que temer individualmente del triunfo del principio unitario, porque tal principio no venía campeando ni el jefe de la cruzada libertadora venía a consumar venganzas de opiniones políticas. Mas ellos sabían que el caudillo llamado federal los había precipitado a una vida de responsabilidades privadas, en las cuales ya no entraba la política sino la justicia; y temían.
Los hombres pertenecientes al club de la Mazorca, manchados con cuanto género de crimen puede conducir al cadalso, comprendían bien que eran millares de familias las que tenían descargando sobre ellos el anatema justísimo a que se habían hecho acreedores, porque sus insultos individuales no podían traer sino venganzas y castigos individuales; y, a su vez, temblaban del triunfo de Lavalle.
Los que tenían un deudo en el ejército libertador recordaban que era una cuestión de sangre la que se iba a resolver a sus ojos; y temían de los combates.
Los que no habían dado jamás pruebas prácticas de su entusiasmo federal, motivo suficiente para la clasificación de unitario, sufrían la inquietud consiguiente a la incertidumbre de los sucesos pendientes; y temblaban por la patria y por ellos, al imaginarse una desgracia en el ejército libertador.