Amalia
Amalia Y he ahí, pues, que toda la sociedad, de uno y de otro color político, sus clases, complicadas en la actualidad por las opiniones o por las obras, por los parientes o por los amigos, toda entera estaba conmovida y pendiente su espíritu del más leve incidente que ocurría.
Daniel, que marchaba al lado de Mansilla, percibía a menudo el movimiento de las ventanas, o las sombras en las azoteas, y comprendía perfectamente cuanto acabamos de decir.
—Nuestra buena ciudad no duerme, general. ¿No nota usted que es cierto lo que le digo?
—Todos esperan, amigo mío —contestó el general Mansilla, de cuyos labios rara vez salía una palabra sin malicia, sin doble sentido, o sin sátira.
—¿Pero todos una misma cosa, general?
—Todos.
—¡Es asombrosa la mancomunidad de opiniones que reina bajo nuestro sistema federal!
Mansilla dio vuelta y miró furtivamente a aquella «alhaja», como él decía, y luego contestó:
—Especialmente en una cosa. ¿La adivina usted?
—Palabra de honor que no.
—Hay una admirable mancomunidad de deseos de que esto se acabe cuanto antes.
—¿Esto? ¿Y qué es esto, general?