Amalia
Amalia Mansilla volvió a mirar a Daniel, porque la pregunta era una estocada a fondo sobre sus confianzas.
—La situación, quiero decir.
—¡Ah, la situación! Pero para usted no pasará nunca la situación polÃtica, general Mansilla.
—¿Cómo as�
—Usted no es hombre para vivir en la vida doméstica; necesita usted los asuntos públicos y, sea en favor, sea en oposición al gobierno, habrá usted siempre de figurar en nuestro paÃs.
—¿Aunque entrasen los unitarios?
—Aunque entrasen. Hay muchos de nuestros federales que figurarán entre ellos.
—SÃ; y algunos estarán en un puesto muy eminente, por ejemplo, en la horca; pero, en fin, nosotros debemos estar siempre al lado del Restaurador.
El doble sentido de esa palabra no escapó a Daniel; pero prosiguió con una naturalidad infantil.
—SÃ, él es digno de que ninguno lo abandonemos en este trance.
—No crea usted que es terrible, este hombre tiene mucha suerte.
—Es que representa la causa federal.
—Que es la mejor de todas ¿no es verdad? —dijo Mansilla, mirando a Daniel.
—Asà lo he aprendido en las sesiones del Congreso constituyente.