Amalia

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Mansilla se mordió los labios: él había sido unitario en el Congreso; pero Daniel tenía tal aspecto de sencillez, que el astuto viejo no pudo comprender bien si aquellas palabras eran o no un sarcasmo.

Daniel continuó:

—Causa que nunca habrá de ser destruida por los unitarios. No hay que equivocarse: solamente los federales podrán dar en tierra con el general Rosas.

—Parece que tuviera usted cincuenta años, señor Bello.

—Es que me fijo mucho en lo que oigo.

—¿Y qué es lo que usted oye?

—La popularidad de que gozan algunos federales; usted, por ejemplo, general.

—¿Yo?

—Sí, usted. Sin los lazos de parentesco que lo unen al señor gobernador, éste vigilaría mucho sobre usted, porque no debe ignorar la popularidad de que goza y, sobre todo, su talento y su valor. A pesar de que he oído que, hablando de esto alguna vez, en 1835, dijo que usted no servía sino para revueltas de real y medio.

Mansilla acercó violentamente su caballo al de Daniel y le dijo con una voz nerviosa:

—Son propias de ese gaucho bruto esas palabras; pero ¿sabe usted por qué las ha dicho?

—Por broma, quizá, general —contestó Daniel, con la mayor sangre fría.


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