Amalia
Amalia —Porque me tiene miedo —dijo Mansilla, apretando el brazo de Daniel, y adjetivando el nombre de Rosas con aquella palabra que debía ser pronunciada bien claro, para poder ser Rey de España, según decían los españoles, en su última guerra con los franceses.
Aquella brusca declaración era propia del carácter de Mansilla, mezcla de valor y de petulancia, de arrojo y de indiscreción. Pero la situación era tan grave que no dejó de conocer pronto que se había avanzado demasiado en sus confianzas con Daniel; mas era tarde ya para retroceder, y creyó que lo mejor sería arrancar iguales confianzas de su compañero de ronda, y le dijo con su astucia natural:
—Yo sé que si pegase un grito tendría toda la juventud en mi favor, porque ninguno de ustedes quiere este orden de cosas en que vivimos.
—¿Sabe usted, general, que yo creo lo mismo? —le contestó Daniel, como si por la primera vez de su vida se le ocurriese tal idea.
—Y usted sería el primero en estar a mi lado.
—¿En una revolución?
—En… en cualquier cosa —dijo Mansilla, no atreviéndose a pronunciar aquella palabra.
—Me parece que tendría usted muchos que lo siguiesen.