Amalia
Amalia —Es decir, quiero acreditarme como él en el concepto de las buenas mozas.
El amor había sido siempre el flaco de Mansilla, como su fuerte habían sido siempre las tramoyas políticas; y Daniel le empezó a dar en el clavo.
—Pero esos tiempos ya se pasaron —dijo Mansilla, sonriendo.
—No para la crónica.
—¡Bah, la crónica! ¿Y qué sacamos con eso?
—Ni para la actualidad, si usted quiere.
—Eso no es cierto.
—Cierto. Hay mil unitarios que odian al general Mansilla de envidia por la mujer que tiene.
—¿Es linda mi mujer, eh? ¡Es linda! —dijo Mansilla, casi parado en su caballo, y mirando a su compañero con un semblante lleno de satisfecha vanidad.
—Es la reina de las bellas; así lo confiesan hasta los mismos unitarios, y me parece que si ha sido el último triunfo, ha valido por todos[101].
—Eso del último…
—Vamos, no quiero saber nada, general… Yo quiero mucho a Agustinita, y no quiero oír que usted le hace infidelidades.
—¡Ah, mi amigo! Si usted enoja y desenoja a las mujeres como a los hombres, usted tendrá en su vida más aventuras que yo.