Amalia
Amalia —¡No entiendo, general! —le contestó Daniel, fingiendo la más perfecta sorpresa.
—Dejemos esto, ya estamos en el cuartel de Ravelo.
En efecto, habían llegado al cuartel donde dormían cien negros viejos, a las órdenes del coronel Ravelo, y hecha la inspección de ordenanza, siguieron luego a visitar el cuarto batallón de Patricios, a las órdenes de Jimeno; y en seguida algunos otros retenes.
Pero ¡cosa singular!, el champaña de la Federación parecía no «fermentar» ya en el pecho de sus entusiastas hijos; pues que salían sin espuma las preguntas, las respuestas, las conversaciones todas que tenían con el jefe de día los jefes a quienes se acercaba, y lo que allí pasaba, sucedía en todas partes y en todas las clases… Causa sin fe, sin conciencia, sin entusiasmo del corazón, que vacilaba y desmayaba al primer amago de sus adversarios políticos… sacerdotes sin religión, que besaban el suelo cuando el ídolo se columpiaba sobre su altar de cráneos.
Daniel veía y estudiaba todo, y se decía a sí mismo a cada paso:
—Doscientos hombres solamente, y toda esta gente se la entregaba atada de pies y manos al general Lavalle.
Eran ya las tres de la mañana cuando el general Mansilla se dirigió a su casa, en la calle del Potosí.