Amalia

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Los cafés eran invadidos desde las cuatro de la tarde. Y ¡ay de aquel que se presentase en ellos con su barba cerrada o su cabello partido! Un nuevo modo de afeitar, que no conoció Fígaro, se empleaba con él en menos de un minuto.

El cuchillo de la Mazorca, que más tarde debía servir de sierra en la garganta humana, hizo su aprendizaje como navaja de barba y tijeras de peluquería.

El último crespúsculo de la tarde no se había apagado en los bordes del horizonte, cuando la ciudad era un desierto; todo el mundo en su casa; la atención pendiente del menor ruido; las miradas cambiándose; el corazón latiendo.

Lavalle.

Rosas.

La Mazorca.

Eran ideas que cruzaban, como relámpago súbito del miedo o la esperanza, en la imaginación de todos.

¡Ay de la madre que tenía un hijo fuera de su casa! ¡Ay de la amada que esperaba a su amante!

Un golpe en la puerta de calle, y todos se precipitaban a las habitaciones interiores.

El corazón quería adivinar.

La imaginación lo extraviaba.

La realidad arrancaba un suspiro y una sonrisa.


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