Amalia
Amalia La madre, que estaba contenida por otros, grita desesperada.
—Ya no hay un hombre en Buenos Aires para proteger a las señoras.
—No, mamá —dice la joven, con la palidez de la muerte en su semblante, pero con una sonrisa del más profundísimo desprecio—, no, mamá, los hombres están en la guardia de Luján, donde está mi hermano. Aquí no hemos quedado sino las mujeres y los tigres.
La comunidad de la Mazorca, la gente del mercado, y sobre todo las negras y las mulatas que se habían dado ya carta de independencia absoluta para defender mejor su madre causa, comenzaban a pasear en grandes bandadas la ciudad, y la clausura de las familias empezó a hacerse un hecho.
Empezó a temerse el salir a la vecindad.
Los barrios céntricos de la ciudad eran los más atravesados en todas direcciones por aquellas bandadas, y las confiterías, especialmente, eran el punto tácito de reunión.
Allí se bebía y no se pagaba, porque los brindis que oía el confitero eran demasiado honor y demasiado precio por su vino.