Amalia

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Sus cabellos, trono en otro tiempo de la flor del aire, se rebelaban contra el repugnante moño de la Federación; y apenas la punta de una pequeña cinta rosa se descubría entre sus rizos, o bajo las flores de su sombrero.

Todo esto era un crimen. Y la misma moral que así lo clasificaba debía inventar un castigo propio de ésta, propio de sus jueces, propio de los verdugos.

Bandas de ellos, de distintas jerarquías y condiciones, empezaron a apostarse en las puertas de los templos, llevando cántaros con brea derretida y moños de coco punzó.

Estos trapos eran untados de brea, y a cuantas jóvenes salían del templo sin la gran mancha de la federación en la cabeza, tomábanlas brutalmente de la cintura, las arrastraban en medio de ellos, y sobre la cabeza linda y casta pegaban el parche embreado y la empujaban luego, entre algazara y risas federales; pues tenemos en todo que valernos de esta expresión que no se caía de los labios en la época que describimos.

A las puertas del colegio tiene lugar una de esas escenas a las once del día.

Una niña salía con su madre, y es arrebatada por algunos de los que allí esperaban a las señoras.

La joven comprende lo que se quiere hacer de ella, y en el acto se quita el chal que cubría su cabeza y la presenta a las manos de sus profanadores.


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