Amalia

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Entretanto, la pluma del romancista se resiste, dejando al historiador esta tristísima tarea, a describir la situación de Buenos Aires al comenzar los primeros días de septiembre.

A medida que pasaban las horas, se iba enervando la impresión del miedo que causó a los rosistas la súbita aparición de las armas libertadoras en la provincia. Y por un exceso brutal de cobardía, y de cuanto puede haber de infame en la historia de un partido político, o de los instrumentos de un jefe de partido, la mujer comenzó a ser el blanco del encarnizamiento de bandas de forajidos, bautizados con el nombre de federales.

Sin disputa, sin duda histórica, la mujer porteña había desplegado, durante esos fatales tiempos del terror, un valor moral, una firmeza y dignidad de carácter y, puede decirse, una altanería y una audacia tales, que los hombres estaban muy lejos de ostentar, y que servía de punzante reproche a las damas exaltadas de la Federación, y a los hombres corrompidos sobre los que se apoyaba la santa causa.

La linda cabeza de las gaditanas de la América paseaba alta, erguida; les parecía tan bien colocada sobre sus hombros, que creían ofenderla, doblándola un poco al pasar por medio de los magnates de la época.

Y el vestido modesto de la patriota parecía plegarse y contraerse por sí mismo al ir a rozarse con la crujiente y deslumbrante seda de la opulenta federal.


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