Amalia
Amalia Lavalle y Rosas representaban los dos principios opuestos de la revolución.
Ya estaban frente a frente.
Su voz se oía.
Sus armas se tocaban. Y el que cayese debía arrastrar en su caída toda su causa, con todas sus ramificaciones, más o menos extensas que éstas fuesen.
Y ante esta verdad, que los sucesos debían justificar más tarde desgraciadamente, el genio de la política y de la guerra se manifestó rebelde, y se negó a inspirar en la cabeza del cruzado la idea de que el mundo no tenía más límites para la libertad argentina que los que marca el plano de la ciudad de Buenos Aires. Spartacus mató su caballo antes de entrar a la batalla. Cortés quemó sus naves. Lavalle debió deshacerse de naves y de caballo.
Pero no fue así.
Rozándose con Rosas, todavía se pensaba en las provincias, todavía se pensaba en la Francia; sin calcular que si Lavalle retrocedía, Rosas se levantaba más alto que la cuestión francesa y que la liga provinciana; sin calcular que si Buenos Aires era tomado, ya no había punto de apoyo al edificio de la tiranía en la República, ni vacilaciones en la cuestión internacional.