Amalia

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La vista se dilataba en todos los horizontes tormentosos de la República. Pero el rayo que debía herir la cabeza de la libertad o de la tiranía no fermentaba en círculos tan lejanos, sino entre las nubes que se cernían sobre el espacio de Luján a Buenos Aires.

El general Paz contaba ya en Corrientes con un ejército de dos mil hombres, que disciplinaba con su pericia y habilidad exclusivas.

El gobernador Ferré juraba «sepultarse en las ruinas de su provincia antes que consentirla esclava».

Las provincias de Córdoba, de San Luis y San Juan se inclinaban a entrar en la gran liga, y se negaban ya a dar al fraile Aldao los auxilios que solicitaba.

El general Lamadrid pisaba ya en el territorio de Córdoba.

Aldao escribía a Rosas, con fecha 8 de agosto, desconfiando de todo el mundo, «hasta de su sombra».

Pero ¿qué importaba todo esto?

El gran problema estaba en Buenos Aires.

El triunfo o la derrota general estaban pendientes del resultado de la expedición libertadora en la provincia de Buenos Aires.

Ante ese reto a muerte de los dos principios, de las dos espadas, en el estrecho palenque de Buenos Aires, la actitud de las provincias, cualquiera que fuese, y hasta la misma cuestión francesa, eran ya cosas secundarias e indiferentes para el resultado del duelo.


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