Amalia
Amalia En la alta noche se le veía llegar al campamento, y el héroe popular hacía tender su recado cerca de sus leales defensores.
Allí se lo veía echarse; pero media hora después ya no estaba allí.
¿Dónde estaba? Con el poncho y la gorra de su asistente tendido en cualquiera otra parte, donde nadie lo hallase ni lo conociese.
En el momento en que estamos se desmontaba en el cuartel general, a cuya puerta tomaban mate multitud de jefes, oficiales y paisanos confundidos.
Aquel hombre, de una naturaleza de bronce, que acababa de pasar la noche con las mismas comodidades que su caballo, o más bien, con menos comodidades que el animal, llegaba, sin embargo, fresco, lozano y fuerte como si saliese de un colchón de plumas y de un baño de leche.
La expresión de su semblante era adusta y siniestra como las pasiones que agitaban su alma.
De poncho, con una gorra de oficial, y sin espada ni insignia alguna, pasó por medio a su corte, o su estado mayor o lo que fuese, sin dignarse echarle una mirada.
Una gran mesa de pino estaba colocada en medio del rancho y cubierta casi toda ella de papeles manuscritos e impresos.