Amalia
Amalia Veíanse allí tres oficiales de secretaría, pálidos, ojerosos, en un profundísimo silencio y sin hacer nada; y al general Corvalán, con un grueso paquete de pliegos cerrados en la mano, entreteniéndose en leer y releer los sobres de ellos.
Levantáronse todos a la entrada de Rosas. Éste quitóse su gorra y su poncho, tirólos sobre el catre, y comenzó a pasearse a lo largo de la habitación; mientras los escribientes y el edecán, a quienes no había saludado, permanecían de pie junto a las sillas que un momento antes ocupaban.
Inmediatamente apareció un soldado, y paróse en la puerta, con un mate en la mano. Ahí quedó clavado.
Rosas continuaba sus paseos.
Al volver de uno de ellos, estiró el brazo, cogió el mate, tomó dos o tres tragos, sin moverse, volviólo al soldado, y siguió sus paseos.
El soldado quedó en su mismo lugar con el mate en la mano.
Al cabo de dos o tres minutos volvióse a repetir la misma escena, hasta que, habiendo sonado el aire entre la bombilla, el autómata salió a renovar el agua.
Y los secretarios y el edecán permanecían de pie.
Y Rosas continuaba sus paseos.
Y el cebador del mate iba y venía.