Amalia
Amalia Y esta pantomima duró por tres largos cuartos de hora, cuando menos.
En uno de esos paseos, paróse de repente junto a la mesa y dijo, con una cara muy alegre, a los escribientes, y como si recién reparase en ellos:
—Siéntense, no más.
Los escribientes se sentaron.
Luego, volviéndose a Corvalán, preguntóle como admirado:
—¡Qué! ¿Había estado ahí?
—Sí, Excelentísimo señor.
—¿Cuándo vino?
—Hará como una hora.
—¿Qué ha ocurrido en la ciudad?
—Nada absolutamente, Excelentísimo señor.
—¿Están alegres?
—Sí, señor.
—¿Y Victorica cómo está?
—Anoche lo he visto, está muy bueno, Excelentísimo señor.
—Cuando lo vea, déle memorias. Como ayer no ha venido en todo el día, creía que se había muerto el gallego. ¿Y a don Felipe, lo ha visto?
—Sí, Excelentísimo señor.
Y Rosas soltó una estrepitosa carcajada.
—¡Qué miedo tendrá el gobernador delegado! Conque ¿no hay nada?