Amalia
Amalia —«Comunicaciones de las provincias dominadas por los unitarios», como Vuecelencia lo ha dispuesto…
—Yo no he dispuesto eso; vuelva usted a repetirlo.
—«Comunicaciones de las provincias dominadas por los traidores unitarios» —dijo el joven empalideciendo hasta los ojos.
—Yo no he dicho eso; vuelva usted a repetirlo.
—Pero, señor.
—¡Qué señor! A ver, diga usted fuerte para que no se le olvide más: «Comunicaciones de las provincias dominadas por los salvajes unitarios».
—«Comunicaciones de las provincias dominadas por los salvajes unitarios» —repitió el joven con un acento nervioso y metálico que hizo abrir los ojos al viejecito de la casaca colorada, que en aquel momento se había dormido profundamente.
—Así quiero que se llamen en adelante; así lo he mandado ya. «Salvajes», ¿oye usted?
—Sí, Excelentísimo señor, salvajes.
—¿Concluyó usted? —preguntó Rosas dirigiéndose al tercer escribiente.
—Ya está, Excelentísimo señor.
—Lea usted.
Y el escribiente leyó:
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los salvajes unitarios!