Amalia
Amalia —¿Qué dice esa comunicación de López? —preguntó, detiniéndose de pronto, y después de un largo rato de silencio.
—Que marcha sobre San Pedro.
El cebador de mate volvió a aparecer en la puerta del rancho.
—¿No hay una carta sin firma ahí?
—Sí, Excelentísimo señor.
—A ver, léala toda.
El escribiente leyó:
Montevideo, 1º de septiembre de 1840.
Excelentísimo señor:
Después de mi carta de anteayer no hay más novedad sino la que ha traído ayer un buque de guerra inglés que ha llegado del Janeiro, sobre la venida de un nuevo almirante francés, mandando la expedición que debe venir en auxilio de los traidores y desnaturalizados unitarios, que venderían su patria al extranjero, si no fuera el brazo poderoso de Vuestra Excelencia, que la está defendiendo solo contra tantos.
Aquí los salvajes unitarios siguen en la más completa anarquía.
Unos hablan pestes de Lavalle porque no avanza tan pronto como quisieran. Otros…
—Vea qué bulla es ésa, Corvalán. No; espérese. Anda a ver —dijo Rosas al soldado del mate; porque, en efecto, se sentía cierta algazara en el campo.