Amalia
Amalia El soldado salió y los escribientes y Corvalán quedaron perplejos.
—Siga no más —dijo Rosas al escribiente.
Éste prosiguió:
Unos hablan pestes de Lavalle…
—Ya leyó eso; no sea bruto.
El lector se puso pálido como la cera y prosiguió:
Otros gritan que no debe seguir adelante hasta que…
—¿Qué hay? —preguntó Rosas al soldado que entraba, mientras el escribiente rayaba con la uña la dicción en que había quedado, pendiente la lectura.
—Nada, señor.
—¿Cómo nada?
—Es uno que vende dulces, y los compañeros dicen que es espía de Lavalle.
—Ha de ser, pues. ¿De dónde viene?
—No sé, señor; pero ha de ser de por ahí no más.
—Bueno; a los compañeros que hagan lo que quieran.
El soldado salió. Y Rosas hizo señas al escribiente para que continuase su lectura.
Prosiguió: