Amalia

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…haya sublevado en su favor todas las simpatías del país. Y el cabecilla Lavalle debe estar sin saber qué hacer porque cada uno le aconseja de distinto modo. Por lo que hace a Rivera…

El lector se paró de súbito a los horribles gritos, a los ayes que transían el alma y que eran exhalados a pocos pasos de allí, de Rosas: era que estaban degollando al vendedor de dulces, entre la gritería y alegría salvajes de los soldados y la chusma, al ver la sangre y las agonías de la víctima.

Este infeliz se llamaba Antonio Fragueiro Calviño. Era viejo de sesenta y tantos años, y de profesión vendedor de pastas, y que había ido ese día a Santos Lugares a hacer comercio con su cajón de dulces, arrastrado fatalmente por su destino.

—Siga, pues —dijo Rosas, con la mayor flema.

Por lo que hace a Rivera, no les ha de dar el mínimo auxilio, pues está deseando que se pierdan todos, no porque el pardejón no sea tan unitario como ellos, sino porque todos viven así en la más completa anarquía.

Todos los días llegan fugados de ésa. Me consta que la mayor parte se embarca por la costa de San Isidro en balleneras francesas que van a buscarlos; y me parece que ese punto es el que debe ser más vigilado.

Mañana volveré a escribir a Vuecelencia como lo hago en todas las ocasiones que me es posible.


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