Amalia
Amalia La letra de cien onzas me fue pagada a la vista.
Quedo haciendo votos por el triunfo de Vuecelencia.
—No hay más.
—Mire —dijo Rosas, dirigiéndose a Corvalán—, usted se va a la ciudad ¿no?
—Como Vuecelencia lo ordene.
—Tiene que hacer. Busque a Cuitiño y dígale que me han escrito de Montevideo que está dejando escapar por plata a los unitarios que se embarcan por la costa de San Isidro; que yo no lo creo, pero que no deje que los salvajes unitarios le estén sacando el cuero de ese modo; y que yo he de ir una noche de éstas a pasear por la costa.
—Muy bien, Excelentísimo señor.
—Y cuente a los amigos, y a él también, todo lo que ha visto y oído por aquí… ¿Me entiende?
—Sí, Excelentísimo señor.
—¿No está Maza ahí en la puerta? —preguntó Rosas al soldado que estaba con el mate, en el que, de cuando en cuando, tomaba Rosas algunos tragos.
—Ahí está —respondió aquél.
—Que venga.
Un instante después apareció Mariano Maza, jefe de un cuerpo llamado de la Marina: hombre que más tarde debía jugar un sangriento y repugnante papel en las guerras de Rosas.