Amalia
Amalia Era entonces como de treinta y cinco años, de estatura regular, rubio y de una fisonomía gatuna y siniestra, donde estaban dibujados francamente los instintos del mal y del vicio.
Presentóse con su gorra militar en la mano, delante del que tenía en su frente, tibias y en relieve, las manchas de sangre de su tío y de su primo hermano.
Rosas lo miró sin dignarse saludarlo, y le preguntó:
—¿No están en su cuartel unos que trajeron ayer?
—Sí, Excelentísimo señor.
—¿Cuántos son?
—Son cuatro, Excelentísimo señor.
—¿Cómo se llaman?
Maza sacó un papel de su bolsillo y leyó:
—José Yera, español.
—Gallego, diga.
—José Yera, gallego, y su hijo.
—Éstos los mandaron de Lobos ¿no?
—Sí, Excelentísimo señor.
—¿Y los otros?
—Un tal Vélez, cordobés, y Mariano Álvarez, porteño.
—¿Ésos son todos?
—No han traído más, Excelentísimo señor.
—Bueno; fusílelos.